Juan Mari Bras

Juan Mari Brás: «Ya vivo en la independencia»

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Conserva la lucidez y el verbo que lo han distinguido desde que se inició en las luchas independentistas, hace más de sesenta años. Pero ahora tiene un punto de socarrona introspección —de plácida mordacidad— que a lo mejor sólo lo dan los años. Juan Mari Brás cumplirá 81 dentro de treinta días. Es un octogenario intenso, tiene los ojos mucho más azules que antes y siente orgullo de haber suavizado La Internacional, el himno de los trabajadores y los socialistas, para poder eliminar, en su versión criolla, una línea que descartaba a Dios.

«Yo era amigo y compañero de Salvador Allende, mucho antes de que él fuera presidente de Chile. Un día me senté con él y le dije: “Al igual que usted, soy marxista, pero también cristiano”. Allende me contestó: “¡Y yo!”. Entonces le conté que en Puerto Rico habíamos eliminado esa línea de La Internacional que dice: “ni César, ni burgués, ni Dios”. Allende se echó a reír y dijo: “Nosotros resolvimos eso, no cantamos La Internacional sino La Marsellesa”».

Con todo respeto, y salvando las debidas distancias, eso del «marxista cristiano», ¿no se le parece un poco al «católico protestante» con que se definía Roselló?

—No tanto —se ríe Mari Brás—, ya sabes que Marx, al fin y al cabo, casi no habló de Dios.

Usted también se ha desmarcado del nacionalismo. Ha reiterado su admiración por Albizu, pero ha insistido en que no es nacionalista.

—Ésa es una de las aportaciones del Movimiento Pro Independencia (MPI), que ayudé a fundar, y del Partido Socialista Puertorriqueño (PSP): combinar la idea del socialismo científico con las mejores ideas de Albizu, sin el nacionalismo.

Quiere decir que usted ha visto un peligro en los nacionalismos...

—En Puerto Rico, no. Aquí nunca ha habido un nacionalismo agresivo como el balcánico, o como el de los fascistas italianos. Al contrario, hemos sido creyentes en la necesidad de impulsar la unidad antillana. Estas islas se hicieron multilingües por virtud de lo que hicieron los europeos, pero si ya los europeos se han unido, ¿por qué nosotros no?

Mire hacia atrás, Juan Mari, y séame por favor sincero: después de tantas décadas en estos trotes, ¿no se arrepiente a veces de haber sacrificado demasiado, de haber arriesgado lo mucho y lo poco, para que ahora haya toda una generación que apenas le conozca?

—Bueno, sí me conocen...

En ciertos círculos y a determinados niveles. Pero ya sabe que ahí fuera hay un sector considerable, mayormente de jóvenes, para quienes Muñoz Marín es el aeropuerto, Luis Ferré la autopista...

—Y Lloréns Torres el caserío —admite—, pero yo no me arrepiento de haber vivido para esto. He cometido errores o equivocaciones y, sin embargo, creo que fui un dirigente de peso en la nueva lucha por la independencia, que me esforcé por renovar la perspectiva de esa lucha.

Ahí quería llegar. ¿Usted vislumbra una posibilidad real de un independentismo sólido, unido, con un proyecto político que convenza, no sólo aquí, en la patria, sino en el exterior? Porque el resto de los países del mundo andan un poco desconcertados con nosotros.

—Va a haber un reagrupamiento, cuando acabe esta tribalización y esta obsesión electoral, lo habrá. Sin embargo, hay una realidad que no podemos soslayar: somos la principal colonia del imperio más poderoso del planeta, hemos sufrido 500 años de coloniaje sucesivo, ¡500!, sin un día de independencia... Bueno, sí, tuvimos un día de independencia en Lares.

¿Y no le parece que Estados Unidos ya no tiene el interés que tenía, digamos, hace cincuenta años, por mantener esta colonia?

—No, ¡no nos quieren soltar! Ése es el gran error del PIP, ellos creen que los Estados Unidos están prestos a darnos la independencia tan pronto el pueblo la pida. Pero es que se han ocupado de que el pueblo no la pida.

Me gustaría abundar en ese punto. Con esta recesión mundial —léase depresión en voz baja— que es como un agujero negro por el que nos estamos yendo todos al demonio, ¿qué representamos para los mercados norteamericanos?

—Mucho, mucho. Primero quiero mencionar el valor geopolítico de Puerto Rico. Somos el único país antillano que estamos entre las dos Antillas, a la entrada de América. Con las Antillas mayores está la Isla Grande; con las menores, Vieques y Culebra. Hay una importancia estratégica aquí. Y en el aspecto económico —que por cierto, lo trajo muy bien traído Irizarry Mora en el último debate— representamos un mercado valiosísimo para Estados Unidos, para sus excedentes. Nuestro producto interno bruto es de $84,000 millones, y más de $34,000 se van en ganancias para Estados Unidos. El que tiene un negocio tan bueno no quiere dejarlo.

Entonces, ¿cuál sería la salida, el camino de la lucha para la independencia?

—Las grandes convergencias. Y eso no se logra haciéndose uno popular, sino al revés... Yo creo que si continuara esa política anti-Aníbal en Washington, esa política de enfrentamiento con los autonomistas, pueden darse convergencias interesantes. La historia nos enseña situaciones similares. A Jorge III de Inglaterra iban a verlo los autonomistas y él les daba con la puerta en las narices, hasta que Jefferson, el único independentista en el segundo Continental Congress, le salió al paso.

Una de las grandes contenciones que existe en Puerto Rico con respecto a la independencia, es que nos comería la miseria. Pero, tal como van las cosas, la miseria podría asestarnos un mordisco grave. La crisis actual va a prolongarse por bastante tiempo y la gente va a tener que amarrarse el cinturón a extremos que nunca imaginó.

—Eso lo empiezan a ver los sectores más lúcidos. Antiguamente decían que si Puerto Rico se convertía en un país independiente, nos íbamos a destrozar unos a otros. Es más, cuando éramos niños y cometíamos alguna travesura, los mayores gritaban: «¡Este muchacho se cree que esto es república!». Ese argumento se cayó, ahora sufrimos un gran desorden social, hay una criminalidad tremenda. Con lo económico pasará igual. Estados Unidos tiene una gran crisis fiscal producto del enorme gasto de la guerra en Irak. Cuando llegue la hora de recortar, recortarán en la periferia, y nosotros para ellos seguimos siendo periferia.

Mari Brás hace una pausa para tomar unos sorbitos del refresco de guayaba que nos ofrece Marta Brás, prima hermana desde siempre, esposa suya desde hace diecinueve años. La entrevista tiene lugar en su casa de Río Piedras, en una calle que lleva el nombre del Vístula, ese famoso río con efluvios napoleónicos y ecos de la Segunda Guerra. La mayor parte del tiempo, sin embargo, Mari Brás reside en Mayagüez, donde es catedrático de derecho de la Facultad Eugenio María de Hostos.

«El gran peligro de la asimilación aquí reside en lo económico. En vez de buscar diversificarnos, establecer nuevos mercados e inversiones, estamos limitados por el cerco de Estados Unidos».

Eso trae a colación los poderes soberanos. ¿Ayudaría en algo el concepto de soberanía que esboza el Gobernador en su propuesta de ELA desarrollado?

—Hostos, que fue precursor de tantas cosas, dio en el clavo con respecto a eso: dijo que la soberanía es de la nación natural, de la sociedad, y que la sociedad organizada sobre la base del territorio de una nación natural, delega el poder en el Estado.

Por lo mismo, ¿cree que el Gobernador está en el camino correcto?

—Un poco —sonríe Mari Brás—, pero sólo un poco porque él no llega hasta donde hay que llegar.

El caso es que, dentro de dos días, la gente va a salir a votar. A base de su experiencia, ¿qué va a pasar aquí?

—No tengo la menor idea. Le saco el cuerpo a los debates interminables y a las cantaletas de los politólogos. Sé que no hay una cristalización de las fuerzas políticas como la hubo en elecciones pasadas. La gente está desencantada y sólo espero que se den las señales necesarias que conduzcan a lo inevitable de un reagrupamiento.

En ese reagrupamiento, ¿vislumbra usted aunque sea una pálida posibilidad de un Puerto Rico socialista?

—Es la onda común en América Latina. ¿Cuál es el denominador común entre Chávez y Bachelet, entre Lula y Evo, entre Correa y Zelaya? Pues el socialismo del siglo XXI, más humanista y menos ortodoxo, con la conciliación necesaria para evitar las guerras civiles.

¿Y cuál cree que ha sido el mayor enemigo del independentismo en Puerto Rico?

—El imperio, por supuesto, que no el pueblo americano, el pueblo americano es otra cosa. En cuanto a los independentistas, hemos sido responsables del estancamiento.

¿Encuentra verosímil eso que han dicho de que Muñoz Marín, en sus últimos años, se arrepentió de sus actos contra los nacionalistas? Dicen que se lo confió al pintor Pancho Rodón.

—Yo traté de confirmarlo con Rodón. Me habían invitado a dar una conferencia en la Fundación Muñoz Marín y llamé a su casa para hablar con él de este tema, pero la empleada que contestó el teléfono me dijo que Rodón había ido a China, que cuando volviera para almorzar le daría el recado.

Ya veo. Así es la China. Uno va, «se orienta» y vuelve. Y hablando de ir y volver, usted no tiene pasaporte americano, sólo un certificado de ciudadanía puertorriqueña, ¿todavía no le han dado la visa para visitar la casa de su abuelo en Córcega?

—No. Me dijeron que si quería podía pedir la ciudadanía francesa. Pero no quise. Voy a los países donde me dejan entrar con el único documento que tengo.

Y al volver a Puerto Rico supongo que no tendrá muchas dificultades. Sólo pueden amenazarlo con devolverlo a su lugar de origen.

—Mi lugar de origen es Mayagüez —declara, deleitándose en su irredenta mayagüezanía.

¿Con qué alegría moriría si muriera mañana?

—Con la alegría de haber estado viviendo en la independencia. Dijo Betances que cuando uno lucha por la independencia, ya vive en ella.

¿Con cuál tristeza, en ese mismo caso?

—Con la de haber perdido a mi hijo. Ésa es tan grande...

Veo que los ojos se le llenan de lágrimas y cambio el tema, porque las entrevistas no son para que nadie llore. Mejor hablar del Vístula, el humeante río que da nombre a su calle. No existe otra calle en el mundo que se llame Vístula, salvo en las riberas del Vístula.

 

Noviembre 2008

 

Fundación Juan Mari Brás

Esta Fundación se organiza con el propósito de preservar el legado de Juan Mari Brás y dar a conocer su pensamiento, su obra y su trayectoria de lucha por la independencia de Puerto Rico a actuales y futuras generaciones.
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