Juan Mari Bras

La Ética Patriótica de Juan Mari Brás

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Palabras del autor, Presidente del Partido Independentista Puertorriqueño, en el mensaje principal del acto conmemorativo del primer aniversario del fallecimiento de Juan Mari Brás, celebrado por el Ateneo Puertorriqueño en su sede, el 9 de septiembre de 2011.

 

Hoy venimos a conmemorar el primer aniversario del paso a la eternidad de uno de los grandes de esta patria, el amigo y compañero Juan Mari Brás.

Ya en una ocasión anterior, en la Plaza de Mayagüez, tuve el privilegio de hacer un recuento de algunas de las innumerables contribuciones del compañero Juan a la lucha por nuestra liberación.

Basta decir que no se puede escribir la historia del último medio siglo en Puerto Rico sin Juan Mari Brás. Fue capitán de un barco en mares tormentosos y siempre lo mantuvo a flote, con la proa enfilada en la dirección de la libertad.

Permítanme pues que en el día de hoy me refiera no tanto a su trayectoria política sino a un aspecto más íntimo y quizás más imperecedero del compañero.

Su objetivo siempre fue claro, inalterable e insobornable: su dedicación absoluta a la independencia y a la justicia social para su pueblo.

Pero para comprender cabalmente la dedicación y la vida del compañero no basta con hacer referencia a su trayectoria política y a su preclara inteligencia y vasta cultura. Había en el algo mucho más profundo y primordial. Me refiero a las virtudes patrióticas, a los paradigmas éticos políticos que le sirvieron a la vez de ancla y de motor durante su heroica y sacrificada existencia. Me refiero a los atributos personales, al carácter del compañero.

Y para incursionar en un campo tan delicado y poco accesible como ése tengo, por necesidad, que acudir a mis propias y personales relaciones con el compañero Juan.

No los cansaré con un recuento pormenorizado de las múltiples ocasiones en que compartí con él. Sólo haré referencia a unas muy puntuales ocasiones que han quedado grabadas en mi espíritu por razones quizás indescifrables.

A Juan lo conocí antes de conocerlo. Fue por allá en la primera mitad de la década del 1960 cuando por primera vez supe de primera mano sobre Juan Mari Brás. Cursaba yo estudios en el exterior y durante el verano trataba de empaparme de la cultura puertorriqueña tomando clases en la Universidad de Puerto Rico. Allí me matriculé en un curso de literatura puertorriqueña dictado por el Profesor Manrique Cabrera. Fue el Profesor Manrique Cabrera quien me habló en detalle de las virtudes patrióticas del compañero Juan Mari Brás. Ninguno mejor testigo que Manrique Cabrera. La figura lejana y poco conocida de Juan se empezó entonces a hacer carne.

Pero no fue hasta mucho después, a principios de la década del 1970 que tuve ocasión de verdaderamente conocerlo.

Tanto Juan como este servidor habíamos sido invitados a la toma de posesión del Presidente de Chile, el Presidente mártir, Salvador Allende. Fue durante el viaje de vuelta con escala de una noche en la ciudad de Lima –la ciudad donde nuestro compatriota, el General Valero, había participado en el asedio al bastión del Callao, en la última acción que puso fin al dominio español- ; fue allí donde por primera vez pude intimar personalmente con el compañero. Pude conocerlo no como político sino como ser humano.

Conocí al hombre de una intachable dignidad personal unida a la gentileza en el trato y respetuoso siempre, aun con aquellos que apenas nos iniciábamos en la lucha. Comprendí entonces por qué Manrique lo quería y lo admiraba tanto.

Pasaron muchos años de encuentros pasajeros o políticos. En ese largo tiempo pude, a la distancia, (por decirlo así), calibrar sus virtudes patrióticas. Nunca vi en él conducta alguna –ni remotamente motivada por consideraciones de beneficio personal. Sólo vi entrega perenne, valor a toda prueba, trabajo riguroso e incansable y la perseverancia que le venía desde su primera infancia; siempre abierto a explorar e inventar nuevas formas y métodos para adelantar nuestra liberación.

Después de esos años intermedios y muchos años después de aquella noche en Lima, retornó nuevamente la intimidad una tarde en las playas de Salinas del Sur de Vieques, bautizada por nosotros con el nombre de Gilberto Concepción de Gracia. Y es en esos momentos de intimidad que puede verdaderamente calibrarse el carácter de un ser humano.

Juan fue a visitarme. Hicimos un aparte y conversamos teniendo como testigos al Mar Caribe y a la tierra que le dio cobijo a Bolívar dos siglos atrás. Sólo me permito decir que ese día conocí a un ser humano de una generosidad sin límite, un hombre en cuyo corazón no había lugar para la mezquindad. Nos abrazamos y su espíritu fortaleció el mío.

El resto es para mí historia reciente, en la intimidad de su hogar poco antes de que partiera más allá de las puertas del misterio. Siempre salí de aquellas visitas estremecido y fortalecido porque Juan nunca dejaba de luchar y de inspirar.

En la civilización occidental los ejemplos de la ética política surgen originalmente de los tiempos de la República Romana en los siglos anteriores a la era cristiana. Ahí se encuentra la fuente de las virtudes civiles y patrióticas que han inspirado las épocas posteriores. Para finalizar quiero remontarme a entonces para así poder entender mejor el carácter y la dedicación a la patria del compañero Juan Mari Brás.

Me refiero a la historia de dos prohombres romanos, modelos de los sacrificios que hay que hacer por la patria aun ante la ingratitud que muchas veces reciben como recompensa algunos de sus más preclaros ciudadanos.

Al cónsul Emilio Paulo, luego de uno de sus grandes triunfos, le preguntaron si no debería temer la envidia de los dioses. Respondió que si así fuera rogaba que no golpearan a Roma sino a él y a su familia. En una plaga perdió a sus dos hijos. Los dioses le tomaron la palabra y así le evitaron el dolor a la patria.

Más injustos con Juan fueron, no ya los dioses sino el encono social y el odio a los ideales que él encarnaba, arrebatándole a su hijo. Pero aun así, como aquel gran romano, Juan siguió adelante dedicándole toda su energía y amor a la patria.

Pudo haber reaccionado como aquel otro cónsul romano Escipión, el vencedor de Cartago, quien luego de haber colmado a su patria de honores, al verse incomprendido y acusado por sus propios compatriotas, optó por exiliarse y morir lejos de Roma con un epitafio sobre su tumba que leía “Patria mal agradecida, ni aun mis huesos tienes”.

Pero Juan pertenecía a una estirpe distinta. Juan no se resintió ni culpó a su pueblo. Sabía, como buen socialista, que los hombres, como los pueblos, hacen su propia historia pero en condiciones dadas y determinadas y que las nuestras han sido de las más adversas imaginables. Y también sabía como buen independentista, como Martí, que cuando hay muchos hombres sin decoro hay otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Y por eso Juan nunca abandonó a su pueblo y descansa hoy para siempre en su querido Mayagüez, en su querida patria puertorriqueña en donde será honrado por las futuras generaciones.

Si conocí de sus virtudes patrióticas tan bien como creo haberlas conocido, sé que Juan desearía que concluyera mis palabras, no con un homenaje a su memoria fruto de los recuerdos que he tenido ocasión de compartir con ustedes, sino con un llamado de optimismo y de esperanza.

La siembra del compañero Juan fructificará. La independencia de la patria y la justicia triunfarán en Puerto Rico. Para que muy pronto ese día se haga realidad, todos debemos aspirar a ser como fue Juan Mari Brás.

 

Fundación Juan Mari Brás

Esta Fundación se organiza con el propósito de preservar el legado de Juan Mari Brás y dar a conocer su pensamiento, su obra y su trayectoria de lucha por la independencia de Puerto Rico a actuales y futuras generaciones.
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