La muerte de Albizu Campos

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Murió a las 9:40 de la noche del 21 de abril de 1965. Varias docenas de familiares, amigos y admiradores de Don Pedro Albizu Campos esperábamos desde temprano en la tarde el inevitable deceso, en la casa de Hato Rey donde él habitaba. Cuando el doctor Ricardo Cordero anunció su muerte, se produjo una conmoción general entre la atribulada concurrencia. Hombres y mujeres; jóvenes y viejos, se abrazaban en señal de recíproca condolencia.

En medio de la solemnidad del momento, salió una persona de la habitación mortuoria para indicar que por órdenes de la viuda, Doña Laura Meneses de Albizu, debía desalojarse la casa, “todos deben volver a sus casas y esperen noticias por radio sobre los actos funerales,” sentenció el vocero familiar. No tardé medio minuto en alzar mi voz rebelde para gritar, a todo pulmón, que de allí no se fuera nadie; que Albizu nos pertenece a todos los puertorriqueños; que esta no es la muerte de cualquier ser ordinario que concierne únicamente a sus familiares por sangre o matrimonio. “Se trata”, dije, “de un hito histórico; la muerte del puertorriqueño más ilustre de este siglo. Los que hemos estado aquí esperando el desenlace, tenemos pleno derecho a acompañar al maestro en todo el proceso de sus funerales, a partir de este instante.” La gente se quedó allí.

Pasado un largo rato, me invitaron a pasar a saludar a la viuda. Fui a su habitación junto a Juan Antonio Corretjer, José A. Otero — a la sazón presidente interino del Partido Nacionalista — Carlos Carrera Benítez y varios otros. Nos sentamos a conversar con Doña Laura. Preguntamos sobre los planes para el velorio y entierro. Se nos dijo que sería un acto familiar y sencillo. Le señalamos a la viuda que respetábamos su intención y la de la familia de tener los momentos que ellos necesitaran para compartir familiarmente frente al féretro del maestro sin que intervinieran personas ajenas al círculo íntimo familiar. Pero requeríamos el derecho del pueblo puertorriqueño a rendirle su tribuno en la forma en que se estila en nuestra cultura nacional, exponiéndole de cuerpo presente en algún lugar por el cual puedan desfilar todos los que quieran pasar frente al féretro. No hubo objeciones de nadie a que la primera noche se velara en la Funeraria Jensen en Santurce. El sábado se trasladaría el féretro en comitiva desde la Funeraria hasta el Ateneo Puertorriqueño, donde se le velaría hasta el domingo. Se hizo saber que el Colegio de Abogados había ofrecido sus facilidades para el velatorio. Todos coincidimos con Doña Laura en que debía rechazarse la oferta ya que el Colegio no había sido solidario con el maestro en los momentos en que éste sufrió las persecuciones a que fue sometido a lo largo de muchos años. El sitio idóneo para velarle sería el Ateneo, porque allí fue donde Don Pedro fue electo en 1930 presidente del Partido Nacionalista y allí también presidió la última asamblea de dicho partido a la que pudo asistir. Es, además, la casa de la cultura nacional.

El segundo diferendo mío con Doña Laura fue, en esa misma reunión, cuando ella quiso prohibir que se llevara a Don Pedro a la catedral, donde se ofrecería un responso oficiado por el arzobispo Luis Aponte Martínez. Yo insistí en que debía llevarse a la catedral, ya que Albizu era católico y debía respetarse su afiliación religiosa. Tanto Corretjer como Carrera Benítez y Otero estuvieron de acuerdo. Aunque con renuencia, Doña Laura cedió a nuestro pedido y se hicieron los arreglos para que a su paso hacia el cementerio del viejo San Juan, donde sería enterrado, se llevara el féretro de Don Pedro a la Catedral de San Juan Bautista. Luego se dijo erróneamente en la prensa que fui yo quien objetó que se le llevara a la Catedral.

La noche del sábado se reunió la Comisión Política del Movimiento Pro Independencia en la residencia de Don Gabriel Vicente Maura en Río Piedras. Ya el MPI había anunciado una movilización general de toda su militancia alrededor del país para acompañar a Don Pedro desde el Ateneo hasta el cementerio del viejo San Juan el domingo. Se informó en nuestra reunión que tanto Doña Laura como Juan Juarbe y Juarbe se oponían tenazmente a que yo hablara en el cementerio. La Comisión Política acordó que yo debía hablar allí con la oposición de la familia Albizu-Meneses. Yo debía cumplir ese mandato, y así me proponía hacerlo.

El domingo, al filo del mediodía, salimos del Ateneo, a pie, decenas de miles de puertorriqueños tras el féretro del dirigente máximo del nacionalismo puertorriqueño. Seguimos por la Avenida Ponce de León hasta Puerta de Tierra. Al dar la vuelta, por la Avenida Muñoz Rivera, enfilando hacia el viejo San Juan, la multitud se detuvo frente al lado norte del capitolio. Algunos manifestaron la intención de tomar por asalto la sede del legislativo colonial. Varios dirigentes trataron de detener la acción que empezaba a realizarse peligrosamente. Fue el doctor Gilberto Concepción de Gracia, quien trepado en el bonete de un auto, se dirigió a todos en un llamado muy fervoroso a mantener la solemnidad del acto que debía seguir su curso hasta dejar los restos del maestro en el cementerio del viejo San Juan. “No empañemos el alto contenido histórico de esta manifestación con incidentes ajenos al propósito del mismo”, señaló el presidente del PIP, y todos acatamos su sensato consejo, evitándose un confrontamiento con la fuerza policiaca que vigilaba el edificio.

El desfile funeral entró a la vieja ciudad por la Calle San Francisco. Desde los balcones de las casas, los sanjuaneros tiraban flores sobre el féretro de Don Pedro Albizu Campos. Hubo un silencio majestuoso a lo largo del recorrido. Cuando llegamos a la Catedral, no estaba esperándonos el señor arzobispo. Se había excusado con el pretexto estereotipado de los que rehuyen decir la verdad sobre sus ausencias en los actos: “compromisos previos le impiden estar presente.” ¡Como si pudiera haber algún compromiso de superior jerarquía para el arzobispo de San Juan que el de presidir la ceremonia religiosa antes de dar sepultura al feligrés más ilustre de la arquidiócesis y de toda la nación puertorriqueña! Pero allí estaban, junto al párroco de la Catedral, el padre Antulio Parrilla y el Padre Margarito Santiago, ambos sacerdotes activos y militantes de las luchas patrióticas del pueblo boricua por su independencia. Estos realizaron la ceremonia funeral y acompañaron el féretro hasta el cementerio.

Al llegar al cementerio, frente a la tumba donde habría de enterrarse al prócer, se produjo una escena de primitivas fricciones intergrupales —de las que tantas veces han ocurrido en el historial del independentismo puertorriqueño— sobre quiénes habrían de hablar para despedir los duelos. Tanto Doña Laura como Juarbe y Juarbe se opusieron a que yo hablara. Tampoco permitieron que hablaran el dirigente de la Liga Socialista Juan Antonio Corretjer ni el presidente del PIP Gilberto Concepción de Gracia. Juarbe llegó a ordenar a los “cadetes de la República” que custodiaban el féretro que me sacaran del lugar. El no sabía que esos cadetes eran militantes del MPI, entre ellos Jorge Plard y Edwin Reyes quienes jamás habrían acatado tal orden. Si yo hubiera insistido en hablar, como me proponía hacerlo, no hubiera pasado nada más allá de un pataleo de los opositores. Pero tanto Gilberto Concepción de Gracia como José (Cheíto) Herrera Oropeza —el dirigente venezolano que habló en nombre de los pueblos latinoamericanos en ese momento— me suplicaron que no insistiera en hablar para evitar un incidente que enturbiara la solemnidad del acto. Yo cedí a sus súplicas y opté por no hablar. Lo hice, sobre todo, por el respeto y afecto que tenía por ambos compañeros. Fue mi tercera diferencia con la viuda de don Pedro Albizu Campos en las horas de la muerte, velorio y entierro del maestro. Salí del cementerio, ya en horas de la noche, con la decisión de retirarme de la Secretaría General del MPI, por no haber cumplido las instrucciones que se me habían dado sobre mi participación en el funeral de don Pedro.

A los pocos días anuncié en conferencia de prensa en mi bufete, en Hato Rey, que no aceptaría ser re- nominado para la Secretaría General del MPI en la reunión que habría de celebrar la Misión Nacional de la entidad en Caguas, el domingo 16 de mayo para elegir los funcionarios directivos del movimiento para el año siguiente.

Algunos periodistas me preguntaron si mi decisión se fundaba en la controversia surgida alrededor de los funerales de Don Pedro. Contesté que “este fue uno de los factores precipitantes, pero no fue el decisivo.” Entregué a los periodistas una declaración que, entre otras cosas, decía lo siguiente.

“Los actos funerales del maestro Don Pedro Albizu Campos, que en paz descanse, fueron elocuentísima demostración de que la lucha por la independencia patria ha resurgido con una fuerza incontenible como causa rectora de este pueblo. Ese ha sido el mayor de todos los triunfos del patriota fenecido. En la hora de su muerte biológica, logró la resurrección histórica. Y con ella, la de la patria entera. De ahora en adelante, por los siglos venideros, Patria y Albizu serán consustanciales.”

“Ese resurgimiento de la voluntad puertorriqueña señala al liderato y la militancia patriótica el camino de la unidad. Precisa que se busque el consenso ideológico que impulse esa unidad. Urge que se plasme la dirección colectiva y diversa que asuma el mando de la nueva lucha. Albizu fue el último caudillo del independentismo puertorriqueño. Ahora debemos trabajar hacia la formación de ese liderato múltiple, no hacia la búsqueda de otro caudillo. Personalidades como Albizu Campos no proliferan en la vida de los pueblos. Escasean mucho en la historia. Hemos tenido la fortuna de tenerlo en nuestra patria y nuestra época y la estela luminosa que ha dejado será suficiente para alumbrarnos el camino. Apoyo de todo corazón el llamado a la unidad que ha hecho un grupo de jóvenes independentistas.”

“Nunca he querido ser líder. Lo que siempre he querido es ser militante de la lucha por la liberación de nuestra patria… como tal, seguiré, como hasta la fecha, comprometiendo con la patria todo cuanto soy y pueda poseer. Así me ayude Dios.”

Comentando mi anuncio de retirada del máximo liderato emepeísta, César Andreu Iglesias en su columna “Cosas de Aquí” del periódico “El Imparcial” del 29 de abril de 1965, señaló algunos aspectos de mi renuncia que deben recordarse. Indicaba la existencia de una contradicción entre mi rol de líder indiscutido del MPI y la renuencia que siempre he demostrado a ejercer función caudillista. “He ahí lo contradictorio”, decía. “Y voy con ello a delatar algo que conocen bien los que se mueven alrededor del círculo dirigente del MPI: se trata de un hombre anti-caudillista. Obligado a jugar su papel por las circunstancias, hay un perfil exterior que el hombre trata de vivir en público. Pero hay un perfil interior. Y el primero, dolorosamente, se sustenta a costa del segundo. La fría impavidez puede parecer a veces arrogancia. Lo es en el caso de ciertos hombres. Pero en este hombre de que tratamos es otra cosa. Es, por decirlo en una sola frase, su íntimo descontento con el rol de líder que el momento le asigna. Pero ese descontento se halla ahogado en el sentido de deber que lo supera en la actuación pública.”

Más adelante, César hace el siguiente juicio: “La muerte de Pedro Albizu Campos, aunque sabida irremediable y esperada, sobrecogió a todo nuestro pueblo. Para algunos, esa muerte significa una imposición de nuevos deberes. Y esos deberes no pueden rehuirse. Esto debe decirse: los días y noches en que el cadáver de Pedro Albizu Campos estuvo de cuerpo presente, fueron de hondo conflicto emocional, para Juan Mari Brás. Sépase, para que se cobre alguna idea del peso de esas horas, que llegó a correrse la voz de que Juan Mari Brás se oponía a que se llevara al noble muerto a la Catedral de sus convicciones religiosas. Y lo peor del caso era, que había que callar, por respeto al momento, y por otras consideraciones que en su día habrán de saberse.”

Sobre toda la infra historia de esos días traumáticos que fueron para muchos de nosotros los de la muerte y funerales de Don Pedro Albizu Campos, yo he callado por casi treinta y cinco años. Hoy he revelado la verdad de algunos hechos relevantes de esos días porque no quiero seguir arriesgándome a que me sorprenda la muerte sin haber dejado por escrito la verdad.

En los días siguientes al fallecimiento de Albizu se evidenció el impacto que su vida y su obra habían tenido en nuestro pueblo. Pudimos observar, durante dos noches consecutivas, cómo desfilaron frente al féretro, en largas filas que se ampliaban de hora en hora, millares de puertorriqueños, de todas las clases sociales, y de todas las procedencias, geográficas, ideológicas, religiosas y partidarias del país. Se escribieron muchos artículos periodísticos en los distintos diarios y semanarios. Uno de ellos escrito precisamente por César Andreu Iglesias en su columna de “El Imparcial” del 24 de abril de 1965, recoge la sustancia del homenaje mayor que nuestro pueblo le hizo al ilustre varón de Tenerías en la hora de su muerte. Lo tituló “La Conciencia de su Pueblo”. Y decía, entre otras palabras sumamente precisas y fervorosas: “Para definir a Albizu, basta una palabra. Albizu fue la conciencia de Puerto Rico. Lo fue para los que le siguieron. Lo fue todavía más para los muchos que le negaron. En las hondas crisis, una conciencia sola puede salvar a un pueblo. A los puertorriqueños nos tocó en suerte contar con Albizu. ¿Qué hubiera sido de nosotros de no haberlo tenido?”

Lo más significativo es que quien así escribió, con tan generosa lucidez para ubicar en la historia al ilustre difunto, fue el crítico más implacable de la estrategia de lucha armada seguida por Albizu Campos en los últimos años de actuación en la conducción política del Nacionalismo. Su novela “Los Derrotados”, ganadora del primer premio de literatura unos años antes del deceso de Albizu, representa, en el plano literario, la ruptura estratégica que diferencia a la vieja lucha Nacionalista y a la nueva lucha. Pero su artículo citado de abril del ‘65 subraya por encima de las diferencias para ganar el reconocimiento que le corresponde a la hora del balance final de su vida. La resurrección de Albizu Campos se dio en el contexto de esa tensión representada por la nueva lucha, que a su vez, como es natural, ha generado múltiples coincidencias, rupturas y contradicciones. Todas ellas, en conjunto, marcan el rumbo del porvenir seguro de una patria libre, soberana e independiente.

 

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Especial para CLARIDAD. Publicado en la edición del 30 julio – 5 agosto 1999, págs. centrales (14, 31). Décimo de una serie de veinticinco artículos. Tomado de: Pedro Aponte Vázquez, Las memorias que don Pedro no escribió con el permiso expreso del autor.